Quasi besó la frente de Kenzo, y luego la mía. —Los quiero mucho a los dos. Nos vemos pronto.
Luego se dio la vuelta, tomó su equipaje de mano y se dirigió al control de seguridad. Nos quedamos allí, paralizados por el torbellino de despedidas y reencuentros, viéndolo desaparecer entre la fila de viajeros.
Cuando finalmente lo perdí de vista, exhalé.
—Vamos, cariño. Vámonos a casa —dije.
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